Dios nos conoce mucho más que nosotros mismos. Penetra en nuestro corazón y en nuestra alma y nos quiere con locura. El conocer lleva al querer. Ese ojo en el triángulo con que a veces se representa a Dios que todo lo ve, no es para producirnos inquietud, sino amor, confianza, porque Dios es nuestro Padre que nos quiere locura. Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te amo. O, que quiero quererte.
Antiguamente, los artesanos tapaban con cera los pequeños defectos de los muebles, y así quedaban, aparentemente, perfectos. Nosotros no hemos de hacer lo mismo con nuestras miserias y defectos ante nosotros mismos, ante Dios ni ante los demás... hemos de presentarnos tal como somos. Pero ser salvajemente sinceros no es ser maleducados. No se trata de expresarse como nos venga bien. La sinceridad no es grosería.
Lo malo no es hacer las cosas mal, sino haberlas mal y pensar o decir que las hacemos bien.
Conócete a ti mismo, decían los sabios griegos, en concreto Sócrates. Tenemos defectos y virtudes; hemos de procurar desarrollar las virtudes y los defectos que vayan desapareciendo, aunque nunca desaparecerán. Se dice que la soberbia muere horas después de morir nosotros.
Santa Teresa decía que la humildad es la verdad. Conocer nuestras virtudes y dar gracias a Dios es muy bueno. Y conocer nuestros defectos también es muy bueno, pues nos ayuda a ser humildes y a querer a los demás con sus defectos, ser comprensivos.
Sinceridad de corazón... rectitud de intención. No ir con intenciones torcidas. Ser sencillos y prudentes.
sábado, 19 de octubre de 2019
Sinceridad
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