Y el Verbo -Palabra- de Dios se hizo carne y habitó entre nosotros.
El Concilio Vaticano II expresó que la Santa Misa ha de ser la raíz y el centro de la vida de un cristiano. De modo que hemos de convertir todo nuestro día en una Misa. Eso no es que la Misa dure todo el día, sino que todo lo que hacemos en el día lo ofrezcamos o demos gracias en la Misa que hayamos podido oír, o seguir en la tv o simplemente imaginándola que se ha celebrado en la capilla. No se puede amar nada que no se conoce. Y el modo de conocer al Señor son los Evangelios.
Recordamos que la Misa se divide en dos partes, la liturgia de la Palabra y la liturgia Eucarística. En la liturgia de la Palabra se leen y consideran los Salmos y textos del Antiguo y Nuevo Testamento. En la liturgia Eucarística se confecciona la Eucaristía y comulga el sacerdote y se la da a comulgar a los fieles.
La semana pasada hablamos un poco de vida Eucarística, hoy veremos un poco de la Palabra. Pan y Palabra: Hostia y oración. Fides ex auditus.
Recalcamos: podemos tratar a Cristo, mejor dicho, Cristo se nos presenta de dos maneras: en el Pan y en la Palabra.
El Cardenal Ratzinger, citando a San Pablo decía:
A la comunión con Dios se accede a través de la realización de la comunión de Dios con el hombre, que es Cristo en persona; el encuentro con Cristo crea comunión con él mismo y, por tanto, con el Padre en el Espíritu Santo, y, a partir de ahí, une a los hombres entre sí. Esa comunión se realiza mediante los Evangelios y en la Eucaristía.
Los evangelios nos permiten conocer la humanidad del Señor en su paso por la tierra.
No hay que leer los Evangelios como un libro de aventuras por ejemplo, sino como un libro que nos lleve a conocer al Señor y a amarle, a hacernos amigos suyos y de sus amigos: que nos aumente la fe, la esperanza y la caridad.
El Nuevo Testamento se abre con cuatro libros que llevan el mismo título: «Evangelio». Estos libros están en el corazón de la Sagrada Escritura «puesto que son el testimonio principal de la vida y doctrina del Verbo Encarnado, nuestro Salvador». La palabra «evangelio», de procedencia griega (euangélion), significaba originariamente «buena noticia».
Al comienzo de su ministerio público, Jesús invitó a creer en el Evangelio del Reino de Dios, la buena noticia del advenimiento del Reino que Él anunciaba y que llegó con Él. Esa buena noticia de la salvación tenía, y tiene, que alcanzar al mundo entero; por eso, al final de su vida terrena, envió a sus Apóstoles a predicar el Evangelio a toda criatura. La predicación apostólica acerca de la vida y las enseñanzas de Jesús es así «Evangelio».
Leyendo los evangelios o lo que podemos oír por la tv, o alguien que nos lo lea, conocemos a Jesús. Hemos de leerlos como metiéndonos en ellos como un personaje que actúa, le dice cosas, le pide, le cuenta lo que le pasa... en público o a solas, como Nicodemo. Imaginándonos como una película en la que somos actores. Nos ayuda a hacer oración.
No hay comentarios:
Publicar un comentario