El Hijo mismo es la Palabra, el Logos; la Palabra eterna se ha hecho pequeña, tan pequeña como para estar en un pesebre. Se ha hecho niño para que la Palabra esté a nuestro alcance. «ahora, la Palabra no sólo se puede oír, no sólo tiene una voz , sino que tiene un rostro que podemos ver: Jesús de Nazaret».
«La Navidad nos recuerda que el Señor es el principio y el fin y el centro de la creación: en el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios (Jn 1, 1). Es Cristo, el que atrae a todas las criaturas: por Él fueron creadas todas las cosas, y sin Él no se ha hecho cosa alguna, de cuantas han sido hechas (Jn 1, 3). Y al encarnarse, viniendo a vivir entre nosotros nos ha demostrado que no estamos en la vida para buscar una felicidad temporal, pasajera. Estamos para alcanzar la bienaventuranza eterna, siguiendo sus pisadas. Y esto sólo lo lograremos aprendiendo de Él»
¿Cuántas veces hemos invocado ya, con el corazón o con los labios: «veni, Domine Iesu»?
¿Aprovechas las luces y los adornos navideños, para pedir que Dios tenga la respuesta que se merece de sus criaturas, de cada uno de los que estamos aquí.? Nuestro Padre nos impulsaba a aprovechar estas semanas para «construir con el corazón un Belén para nuestro Dios. Con mayor ilusión que en nuestros años de infancia, habremos preparado el portal de Belén en la intimidad de nuestra alma».
Dios no solamente se ha inclinado hacia abajo, como dicen los Salmos: ha "descendido" realmente, ha entrado en el mundo, haciéndose uno de nosotros para atraernos a todos a Sí».
El mismo hecho de poner el belén en nuestros hogares expresa «nuestra espera, que Dios se acerca a nosotros (...), pero también es expresión de la acción de gracias a Aquel que ha decidido compartir nuestra condición humana en la pobreza y en la sencillez».