Ni ojo vio, ni oído oyó lo que Dios tiene preparado para los que le aman.
San Pablo tiene también una imagen que es muy interesante: al igual que un gusano se convierte en mariposa, sin dejar de ser el mismo individuo, nosotros nos transformaremos con la resurrección de los cuerpos, porque las almas no mueren y se unirán al cuerpo nuevo, y también el alma será renovada, junto con el cuerpo.
En el cielo también habrá una renovación de todo lo creado. Y estaremos íntimamente unidos a Dios Padre, que es toda la belleza, toda la verdad, todo el bien; a Dios Hijo, que es toda la ciencia, todo el conocimiento, toda la sabiduría; a Dios Espíritu Santo, que es todo el amor, ... aunque todo lo que podamos decir de una persona divina, se puede decir de las tres.
Y será para siempre, para siempre, para siempre, como le gustaba decir Santa Teresa a su hermano Diego, cuando se dirigían a tierras de moros para ser decapitados.
El cielo no es un lugar, sino un estado. No hay espacio ni hay tiempo. Es estar con Dios, con un cielo nuevo y una tierra nueva, con una felicidad, una belleza y un placer que nada en la tierra se acerca ni por asomo. A la vez un amor, un conocimiento, una sabiduría y un placer que produce la verdad, que todo lo de la tierra es sombra, porque sentiremos plenamente como nos ama Dios, nuestro Padre, y si somos hijos herederos de la gloria eterna.
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